El pacto que lo cambió todo: Dios le promete una casa a David
Imagínese usted a David, ya instalado en su palacio de cedro, una noche cualquiera en Jerusalén. Afuera, tal vez llovía. Y mientras escuchaba el golpeteo de la lluvia sobre ese hermoso techo que Hiram de Tiro le había construido, algo le inquietaba el corazón: el arca de Dios —la misma presencia de Jehová— seguía habitando entre simples cortinas, en una tienda. David pensó: "Yo habito en casa de cedro, y el arca de Dios está entre cortinas." No le parecía justo. Y decidió que él mismo construiría una casa para Dios.
Mandó llamar al profeta Natán y le contó lo que tenía en el corazón. Natán, sin consultarlo con
Dios todavía, le respondió lo que cualquiera de nosotros hubiera dicho: "Anda, y haz todo lo que está en tu corazón, porque Jehová está contigo." El plan sonaba bueno. Era, después de todo, un deseo noble. Pero esa misma noche, Dios le habló a Natán y le mandó corregir sus palabras.
Dios no necesitaba una casa de cedro. Nunca se la había pedido a nadie. Desde que sacó a Israel de Egipto, había caminado con Su pueblo en tienda y tabernáculo, identificándose con ellos en su condición. Siglos después, esa misma costumbre de Dios de "plantar Su tienda" entre los hombres se cumpliría cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Así que David no edificaría la casa de Dios. Sus manos habían derramado demasiada sangre en la guerra. Pero aquí viene lo asombroso: Dios no le dijo simplemente "no". Le dijo algo mucho más grande. Le dijo: "Tú no me edificarás casa a mí. Yo te edificaré casa a ti." David quería hacer algo para Dios. Dios, en cambio, decidió hacer algo por David, algo que ningún hombre podría jamás superar.
Y lo que Dios prometió no era un edificio. Era una dinastía, un trono, un reino que no tendría fin. "Afirmaré su reino... y yo afirmaré para siempre el trono de su reino" (2 S. 7:12-13). Esa promesa parecía cumplirse en Salomón, pero iba mucho más allá de él. Porque el trono que Dios estableció "como la luna, firme para siempre" (Sal. 89:37) pertenecía a Alguien que vendría del linaje de David, pero que sería más que un simple hombre.
Por eso el Nuevo Testamento entero se apoya en este capítulo. 
Mateo abre su evangelio llamando a Jesús "hijo de David". El ángel Gabriel le dice a María: "El Señor Dios le dará el trono de David su padre" (Lc. 1:32). Pedro, el día de Pentecostés, predica sobre este mismo pacto (Hch. 2:29-30). Pablo se presenta como apóstol "del evangelio... acerca de su Hijo... que era del linaje de David según la carne" (Ro. 1:3). Y el libro entero de la Biblia se cierra con la voz de Jesús mismo: "Yo soy la raíz, y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana" (Ap. 22:16).
No se puede entender a los profetas, ni el reino que anunciaron, sin conocer primero este pacto. Es, sencillamente, una de las bisagras sobre las que gira toda la revelación bíblica.
Y frente a todo esto, David no supo más que orar. Entró, se sentó delante de Jehová —porque así se sienta uno ante una promesa tan grande que ya no quedan palabras de pie— y dijo: "Señor Jehová, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?" No fue su bondad la que movió a Dios. Fue la gracia de Dios la que se volcó sobre un hombre imperfecto, igual que se vuelca sobre usted y sobre mí.
Este capítulo —2 Samuel 7— merece ser leído despacio, con la Biblia abierta y el corazón dispuesto. Por eso quiero invitarle a profundizar en él a través del comentario completo Jueces, Rut, 1 y 2 de Samuel, donde el Dr. J. Vernon McGee expone, versículo por versículo, cómo este pacto con David sostiene toda la promesa del reino y nos lleva, finalmente, hasta Cristo.
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