Jesús y la Ruptura con el Legalismo Religioso

El capítulo 12 de Mateo revela el punto de quiebre entre Jesús y los líderes religiosos de su tiempo. Tras el rechazo narrado en el capítulo anterior, aquí la hostilidad de los fariseos se hace evidente, especialmente a raíz de la controversia sobre la observancia del día de reposo. Cuando Jesús y sus discípulos pasan por los sembrados en sábado y comen espigas por hambre, los fariseos los acusan de violar la ley. Jesús responde recordando cómo David y sus hombres comieron los panes de la proposición en tiempos de necesidad, y cómo los sacerdotes trabajan en el templo en sábado sin ser culpables. Así, Jesús afirma: “Porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo”, una declaración que provoca tal animosidad que los fariseos comienzan a conspirar para destruirlo.
Este incidente pone al descubierto el corazón del legalismo religioso: una preocupación por las formas externas y una falta de comprensión de la misericordia de Dios. Al sanar a un hombre con la mano seca en sábado, Jesús demuestra que hacer el bien y mostrar compasión está por encima de cualquier ritualismo vacío. Los fariseos, incapaces de negar el poder y la compasión de Jesús, optan por buscar motivos para acusarlo, y desde ese momento, la ruptura es definitiva.
A lo largo del capítulo, la tensión aumenta cuando los fariseos llegan a atribuir los milagros de Jesús al poder de Beelzebú, el príncipe de los demonios. Jesús les advierte sobre el peligro de blasfemar contra el Espíritu Santo, enseñando que el pecado imperdonable es rechazar deliberadamente la obra del Espíritu en el corazón. No se trata de un acto puntual, sino de una actitud constante de resistencia a la gracia de Dios.
Finalmente, el capítulo concluye con una enseñanza revolucionaria: cuando la familia biológica de Jesús lo busca, Él declara que su verdadera familia son aquellos que hacen la voluntad de su Padre. Este nuevo parentesco espiritual, más fuerte que los lazos de sangre, se convierte en el fundamento de la comunidad cristiana.
En Mateo 12, Jesús se presenta como el Señor del sábado, el intérprete supremo de la ley y el centro de un nuevo pueblo de Dios. Su llamado es claro: dejar atrás el legalismo y abrazar una relación viva, transformadora y basada en la fe y la obediencia a Dios.
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