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Manos Extendidas

Por Nora Freed

29/06/2022



"Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de Él es mi esperanza." Salmo 62:5

Llegó el momento de la ofrenda en el servicio de la mañana, y mientras se pasaba la cesta, me di cuenta de que el niño pequeño que estaba sentado frente a mí, junto a su madre, juntó sus dos manos en forma de copas y la miró a la cara en silencio, pero suplicante. Sus pequeñas manos vacías y su expresión decían más que las palabras. No tenía nada propio, pero la madre era la fuente de suministro. No pedía algo para sí mismo; sólo quería algo para contribuir como los demás, y tenía expectativas mientras miraba a mamá con sus manos extendidas.

Yo había orado antes de ir al servicio para que el Señor me diera algo de alimento espiritual, y si me hubiera perdido ese incidente me habría quedado más pobre, porque me recordó de las palabras del Salmo 62, versículo 5: "Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de Él es mi esperanza”.

Más tarde pensé en esto porque el salmista estaba compartiendo una de las experiencias más profundas de su vida interior y, tras mirar a su alrededor, reconoció que Dios lo era todo para él: todo lo que podía necesitar, aunque no hubiera ni una sola cosa en sus circunstancias de la que pudiera alegrarse.

La gente que le rodeaba estaba empeñada en hacer daño y destruir, decidida a derribarle; sin embargo, como en el silencio esperaba en Dios, pudo decir: "No resbalaré ".

En otras palabras, ¡él no se agitará, no temblará, no se sacudirá! Estaría firmemente cimentado en su confianza en Dios. "Mi expectativa es de Él". El silencio era dorado, y sus manos estaban extendidas con la expectativa de recibir de Dios. Él era la fuente de toda provisión. El salmista estaba confirmando su confianza en el Dios que todo lo puede.

A veces nos damos cuenta de que mirar a otras personas puede ser decepcionante, y puede llevarnos a la frustración y a la perplejidad, porque puede que no comprendan plenamente nuestra necesidad y no tengan nada que poner en nuestras manos extendidas que estaban tan dispuestas a recibir ayuda y guía. Un corazón hambriento y anhelante, se va insatisfecho. Esa sensación de fracaso debería llevarnos a Aquel que es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades, y que nunca nos despedirá con las manos vacías.

Sé que cuando realmente hacemos del Señor nuestra confianza, y esperamos en silencio y con firmeza en Él, nuestra expectativa no será en vano. Él pondrá en nuestras manos bendiciones que podremos compartir con otros porque nosotros también hemos ido a la Fuente y hemos encontrado satisfacción.

En medio de todas las distracciones de la vida, y cuántas pueden ser, mirando al rostro del Señor, esperando recibir de Él, ciertamente seremos enriquecidos. Con confianza podremos decir a otra persona: "Esperé al Señor, me escuchó e inclinó su oído hacia mí". ¡Él llenó mis manos vacías! ¡Él llenó mi copa! ¡Él satisfizo! ¡Él satisfizo la necesidad de mi corazón!

El pequeño niño en la iglesia ahuecó sus manos para recibir algo de dinero; esa fue su petición no expresada en ese momento. Tal vez usted le esté haciendo la misma petición al Señor, y ¿piensa por un momento que Él le va a negar cuando usted se preocupa por Su gloria?

Tal vez, como el niño, Ud. no ha vocalizado su petición con palabras, pero eso no siempre importa, pues a veces nuestros anhelos más profundos no encuentran expresión en las palabras. La cosa es que, sea lo que sea, lo que le lleva al Señor con sus manos extendidas y llenas de confianza, puede que no necesite ser expresada con palabras, pero Él lo entenderá. Él dice: "Pedid y recibiréis", y eso incluye cualquier necesidad.

J.J. Lynch ha escrito:

“No digas, alma mía, '¿de dónde puede Dios aliviar mis preocupaciones’. Recuerde que la Omnipotencia tiene servidores en todas partes.”

De hecho, puede que no sepamos cómo va a suplir, pero no hace falta; podemos estar satisfechos de que lo hará a Su manera.

Está la historia del cojo contada en el capítulo 3 de los Hechos de los Apóstoles. Nunca había caminado, y se pasaba el día mirando a los transeúntes para satisfacer sus necesidades. Tenía la costumbre de mirar a la gente con una especie de expectación; y sucedió que cuando Pedro y Juan subían al templo, el cojo los miraba esperando recibir algo de dinero. Esto era lo más importante en su vida en ese momento, ya que no podía trabajar para ganarse la vida, y pudo haber sido un poco decepcionante al principio escuchar: "Plata y oro no tengo". No iba a recibir el tipo de ayuda que esperaba; pero la decepción fue sólo por un momento ya que, en lugar de dinero, en el nombre del Señor obtuvo un par de pies enderezados, y caminó y saltó y alabó a Dios. Algo que el dinero no podía comprar. ¡Dios le dio algo mucho mejor que lo que buscaba!

Cualquiera que sea su necesidad más profunda hoy, tráigala a Él, tenga sus manos de fe y confianza extendidas para recibir, con un corazón expectante, y Él no le despedirá con las manos vacías. Haga que el Señor sea la fuente de su expectativa.

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